En el oscuro y húmedo sótano de la antigua prisión de San Lorenzo, la noche se extendía como una manta pesada, sofocante y llena de misterios. El aire estaba impregnado de un olor a moho y a desesperación, un olor que parecía haberse arraigado en las paredes de piedra durante décadas.
Lucas, un joven recluso con ojos azules profundos y una mirada que escondía un pasado lleno de dolor, estaba sentado en el suelo de su celda. La celda era pequeña, apenas lo suficiente para que pudiera estirarse si se esforzaba. Una única ventana, alta y estrecha, permitía entrar una débil luz de luna que se filtraba a través de las rejas, proyectando sombras danzantes en las paredes.
Esa noche, algo en el ambiente era diferente. Lucas sintió una inquietud que le recorría la espalda, como si un fantasma invisible estuviera acechándolo. Se levantó de un salto y comenzó a pasear nerviosamente por la celda, golpeando suavemente las paredes con sus puños cerrados.
De repente, oyó un ruido proveniente del pasillo. Un ruido sordo y constante, como si algo o alguien se estuviera arrastrando por el suelo. Lucas se acercó a la puerta de la celda y presionó su oído contra ella, tratando de discernir de dónde venía el sonido. El corazón le latía con fuerza en el pecho, y la respiración se le aceleró.
Justo cuando estaba a punto de retroceder, la puerta de su celda se abrió de golpe con un estruendo que hizo temblar las paredes. Lucas cayó al suelo de espaldas, asustado. Delante de él, en el umbral de la puerta, estaba un hombre enorme, con una barba desaliñada y ojos inyectados en sangre. Llevaba una camisa sucia y raída, y sus manos estaban manchadas de sangre fresca.
"¡Ven conmigo!", gruñó el hombre, extendiendo su brazo hacia Lucas. Lucas intentó retroceder, pero el hombre lo agarró por el brazo y lo tiró hacia afuera de la celda. Lucas gritó de miedo, pero sus gritos fueron ahogados por el eco del pasillo.
El hombre lo arrastró por el pasillo, que estaba iluminado por unas velas que colgaban de las paredes. Las llamas de las velas bailaban al viento, creando sombras que parecían tomar vida propia. Lucas intentó luchar, pero el hombre era demasiado fuerte para él.
Finalmente, llegaron a una puerta grande y pesada. El hombre sacó una llave de su bolsillo y la insertó en la cerradura. Con un chirrido, la puerta se abrió, revelando una sala grande y oscura. En el centro de la sala, había una mesa grande y una silla. Alrededor de la mesa, estaban sentados varios hombres más, todos con una apariencia similar al del hombre que lo había arrastrado allí.
"Bienvenido, Lucas", dijo uno de ellos, un hombre delgado con gafas y una sonrisa maliciosa. "Te hemos estado esperando".
Lucas no entendía qué estaba pasando. "¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren de mí?", preguntó con voz temblorosa.
El hombre delgado se levantó de la silla y se acercó a Lucas. "Somos los locos prisioneros", dijo con voz baja. "Y hemos escuchado rumores sobre ti. Rumores que dicen que tienes un poder especial, un poder que puede ayudarnos a escapar de esta prisión".
Lucas negó con la cabeza. "No tengo ningún poder especial", dijo. "Solo soy un preso como ustedes".
El hombre delgado sonrió aún más. "No nos engañes, Lucas. Sabemos que tienes algo. Y si no nos lo das, te haremos sufrir mucho".
Lucas sintió un escalofrío recorrer su espalda. Sabía que estaba en peligro. Intentó correr, pero los otros hombres lo rodearon y lo agarraron. Lo arrastraron hacia la mesa y lo ataron a la silla.
El hombre delgado sacó un cuchillo de su bolsillo y lo acercó a la cara de Lucas. "Dime la verdad, Lucas", dijo con voz amenazante. "¿Dónde está ese poder que tanto nos interesa?".
Lucas cerró los ojos y esperó el peor. Pero justo cuando el hombre delgado iba a hundir el cuchillo en su carne, oyeron un ruido proveniente del exterior de la sala. Un ruido fuerte y estridente, como si algo se estuviera estrellando contra la puerta.
Los hombres se volvieron hacia la puerta, asustados. De repente, la puerta se abrió de golpe, y una luz brillante inundó la sala. Lucas abrió los ojos y vio a varios guardias de la prisión entrar en la sala, armados hasta los dientes.
"¡Al suelo!", gritó uno de los guardias. Los locos prisioneros se dieron cuenta de que estaban atrapados y se rindieron sin luchar. Los guardias los esposaron y los llevaron fuera de la sala.
Lucas fue desatado de la silla y ayudado a levantarse por uno de los guardias. "Estás a salvo ahora", dijo el guardia con una sonrisa. "Vamos, te llevaremos de vuelta a tu celda".
Lucas siguió al guardia por el pasillo, sintiendo un gran alivio. Sabía que había escapado de una situación muy peligrosa. Pero en el fondo de su mente, todavía quedaba la pregunta: ¿Qué era ese poder del que hablaban los locos prisioneros? Y, más importante aún, ¿lo tenía realmente?
Al llegar a su celda, Lucas se sentó en el suelo y se quedó pensando. La noche había sido larga y llena de sustos, pero también había despertado su curiosidad. Sabía que tenía que descubrir la verdad sobre ese supuesto poder, antes de que los locos prisioneros o alguien más intentara hacerle daño de nuevo. Y así, con esa pregunta en mente, Lucas se quedó dormido, esperando que el nuevo día le trajera respuestas.

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